miércoles, 10 de septiembre de 2014

Estación Padre Alejandro Steffenelli (F.C.S.)

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"Una estacion con un pasado curioso de grandes formaciones de carga, construida por el gigante Ferrocarril del Sud andes de internarse en el desierto profundo de la Patagonia...."


Fotos: Copyright - CacciolaDesigns - Todos los derechos reservados - 2014.



La estacion debio ser inaugurada oficialmente el 1 de Junio de 1899, se habilito en esa fecha la linea ferrea que unia Bahia Blanca con General Roca.

La ceremonia estaba prevista en esta estacion cuya primitiva denominacion fue Rio Negro.
Una creciente del del rio, previa a la gran inundacion de un mes y medio despues impidio que la comitiva llegara hasta aqui, realizandose la inauguracion en Fortin Uno.

La estacion se llamo desde el 7 de Diciembre de 1931 "Los Perales". A partir del 27 de Noviembre de 1933 paso a denominarse "Alejandro Steffenelli".
El acto oficial se realizo el 10 de Diciembre de 1933.

Fue construida con la tipica arquitectura ferroviaria inglesa. Responde a los prototipos caracteristicos de las estaciones de la Patagonia.

Un relato en base a una gran investigacion y reportaje a viejos ferroviarios, datos historicos y comentarios de vecinos de la zona...:

¡Preparen el andén! Hoy llega el presidente Roca! - exclamaba emocionado el jefe.
Aquella  mañana  la humedad se percibía en el aire. Brotaba un persistente olor a pinotea en las salas y por las tejas se escurrían gotas de agua constantes.

Que linda estaba. Pisos de madera lustrada, cielorrasos blancos y altos, ventanas alargadas que mostraban un desierto interminable donde solo se dibujaba hacia el río la silueta del colegio San Miguel.Hacia ya tiempo que el coronel Lorenzo Vintter había establecido el fuerte General Roca en este paraje llamado por los nativos Fisque Menuco.
El Padre Stefenelli comentaba sorprendido en el pasillo central frente a la boletería, que las grandes lluvias y nevadas ocurridas tempranamente en la cordillera habían desbordado los ríos, y las aguas estaban muy cerca del pueblo. Entrada la tarde, con los zapatos cargados de barro y sus mejillas maltratadas por el viento, ató su caballo a la columna del andén y exclamó ante la mirada sorprendida de algunos vecinos, “algunos kilómetros antes de llegar a la confluencia, ya me encontré con la corriente que avanzaba amenazadora invadiendo todo el valle. Di vuelta inmediatamente y volví a todo galope al pueblo”.

Las salas y los pasillos desbordaban de vecinos, que con sus pertenencias en mano, buscaban resguardarse de la arremetida de las aguas. Otros  cruzaban despavoridos las vías para internarse  en las altas bardas. Nadie en esos días se acordó del general.
Las aguas en el centro del pueblo alcanzaron una altura de tres metros. Por las alargadas ventanas el paisaje desértico se había transformado en un interminable mar donde flotaban los restos del fuerte destruido.  El terraplén de las vías contenía  una impresionante masa de agua de unas tres leguas de ancho. Por su margen se desplazaba la correntada que se mantuvo casi una semana.

Después de esos días trágicos, el Padre se dirigió a la puerta principal de acceso, corrigió alguna guirnalda de papel del frustrado festejo y se subió al bote junto al coronel Rodhe para ver que había  quedado en pie después de la inundación.
Los vecinos se amalgamaron en las ventanas esperando la noticia del padre que navegaba por un río en paulatino descenso. Tan solo la parte nueva del  colegio San Miguel, y la columna con el busto del coronel Villegas, soportaron la embestida de las aguas. El Padre ingreso a la sala de espera con el pantalón y los zapatos mojados dejando su huella sobre el lustrado piso festivo. Miró a los vecinos uno a uno y con los ojos llorosos exclamó, “10 años de fatiga, de tantos sacrificios…” Nuestros corazones lloraban lágrimas de sangre. 
Los años pasaron, las grandes telarañas se encargaron de derrumbar las últimas guirnaldas de papel del interior de las salas. El viento norte había desprendido las del anden, que viboreaban sujetas al cerco perimetral.

Los trenes llegaban muy distantes, y yo, sin proponérmelo, había  comenzado  a ser  el lugar de paseo pueblerino. Por las noches la gente se agrupaba a esperar pasar el tren y mientras los niños correteaban por los pasillos, las jóvenes parejitas dialogaban en voz baja regalándose estrellas. El tren se detenía frente al andén y todos querían ver quien se iba y quien llegaba. Esa gran masa de hierro iluminaba las noches lentamente por el este creando una circunferencia blanca que crecía poco a  poco para culminar en una amplia esfera cargada de sonido. 

La espera se hacia interminable. Recuerdo aquella mañana soleada en  que nuevamente me encontraba toda adornada, con guirnaldas que colgaban de las vigas y grandes  flores de papel en  las ventanas. Ese día lo pase mirando hacia el este. El padre Juan Vaira, compañero de tareas del Padre Stefenelli, ofició la misa con un andén repleto de vecinos y estableció  que de ahí en más me llamaría Estación Padre Alejandro Stefenelli. Si bien mi último nombre había sido Los Perales, aquella mañana en que el general no llegó, nunca olvidaré que me llamaban Río Negro.  
Yo sabía que al pueblo lo habían trasladado mas arriba. Tenía la costumbre de seguir el paso lento del tren y descubrir por el oeste y no muy lejano, la silueta de una ciudad en rápido crecimiento. Descansaba  hacia tiempo ya, sobre el ancho pupitre de madera de la oficina, la hoja del diario Nación que amarillenta e inmóvil por las chinches decía, “Por iniciativa del comando militar de la división, la población se ocupa de la construcción de sus viviendas en el nuevo fuerte Roca, que esta situado sobre el mismo canal de riego a corta distancia de la estación del ferrocarril y a 6 metros de elevación sobre la misma. Ya están levantándose ranchos en 125 solares”, agregaba, “lo que representa unos 600 pobladores civiles”. La tinta corrida en complot con la chinche me impidieron aquella vez más información. 

La Yesera  Corral y el molino harinero de Fernando García obstaculizaban en gran parte el desolado panorama hacia las bardas, siendo cómplices de mi  soledad en esos tiempos. Desde el andén las observaba soplar un  humo blanco que se  transformaba en creativas figuras al encontrar el cielo, y en el afán por deducirlas se reducía la profunda melancolía que me generaba la espera.
En la pared paralela al ingreso se formaba un pequeño playón. Allí un puñado de vecinos mostraba su destreza y con las palmas de las manos impulsaban la pelotita que iba y venia generando un frontón donde descargaban las tensiones del final del día. Eran esas tardecitas cálidas donde las urracas alborotadas invadían el silencio del lugar, trepadas a la copa de los eucaliptus.
Los años pasaban, los vientos del sur levantaban una espesa nube de tierra que atravesaba diagonalmente la  playa de maniobras. El tren  la cortaba en su camino  haciendo uso de su autoridad . Sus restos desvanecían al golpear  las gruesas maderas que conformaban el hoy derrumbado embarcadero. Esos vientos cordilleranos  acarreaban con el  frío del atardecer el griterío de la muchachada futbolera en la  cancha del desaparecido Club Río Negro. 

Mi ilusión de que el general llegara crecía, esa gran masa de hierro empezaba a pasar mucho mas seguido. Yo lo veía en los amaneceres, perdido entre la niebla que levantaban las heladas valletanas y en los atardeceres en los que su sirena apagaba por unos instantes el chillar de las chicharras.
Pero él no venía y eran tan grandes mis ganas de verlo que aquella vez y por varios días lo sentí más cerca que nunca. El zapalero o estrella del valle, como lo  llamaban en aquellos tiempos al tren, había pasado cargado de soldados y armamentos. En sus descansos jamás descendió ese hombre al cual imaginaba repleto de estrellas doradas en los hombros, ojos claros y  barba blanca.

Al entrar la noche, los adolescentes del barrio se sentaban bajo la amplia puerta de la sala de encomiendas frente a la esquina donde alguna vez existió un busto al coronel Villegas. Entre risas e historias amorosas pasaban un par de horas donde la costumbre los amontonaba hasta que los mosquitos y la oscuridad los espantaba. El crecimiento apresurado del barrio me sorprendía día a día, ya esa esquina había logrado con el ingreso desde la ruta al nuevo pueblo  un tráfico importante. Atrás había quedado aquel monumento con el sombrero del coronel que cubría totalmente la esfinge, nada acorde en el conjunto, y que algún conductor imprudente derrumbo para siempre. El tiempo junto al progreso se encargaron de ocultar a través de las alargadas ventanas la silueta  del colegio, que tan claro se veía el día de la frustrada inauguración.

En ese transcurrir un día me quede sola y abandonada, casi en desuso. Comencé a extrañar el murmurar en las salas, el corretear de los niños y el sonar de las monedas que arrojaban a la virgen del andén. Yo era consiente que jamás el presidente llegaría en vagones que solo acarreaban piedras y cemento. Los pisos perdieron el brillo, las paredes sus colores y los cielorrasos sus molduras. Los postigos de las alargadas ventanas se cerraron y la oscuridad fue cómplice del aroma a humedad y encierro.
Yo sabía que sin el tren no era nadie. Los ingleses hacía mucho me habían entregado y  pase a ser de todos por lo que se rumoreaba. No entendía el no ser de nadie cuando en el barrio todos decían que me habían comprado.

Por el largo andén solo podía observar el caminito de personas que cruzaban las vías en su acostumbrado trajinar de  ir y venir del trabajo. Ya nadie esperaba el tren, ni yo al general. Solo me sorprendía al  aparecer  algún creyente que le rezaba a la virgen o cada tanto algunos chiquilines haciendo equilibrio por las vías.
Sumergida en el abandono pase mucho tiempo. Una mañana de esta última  primavera la luz volvió a ingresar por los largos ventanales. Las paredes volvieron a tomar color y las rejas ennegrecieron junto a las canaletas. Los pisos se lustraron y el andén volvió a tener el brillo de aquel día en que el general no llegó.  Grandes reflectores iluminan hoy mi coqueta fachada.
Los niños disfrutan de una hermosa plaza rodeada de juegos. La vieja pileta de agua coquetea en el centro, transformada en fuente.
Hace varios días que lo paso mirando al este, siento que renace mi ilusión de que llegue el presidente Roca. 


La gran fachada de la estacion Steffenelli, en este caso sin planta alta.
De izquierda a derecha: patio y casa del jefe, salas de espera general y de señoras, oficina de telegrafo y encomiendas al ultimo.


Esta pequeña formacion minera se encuentra en una plazoleta ubicada frente a la estacion. Pertenecio a La Compañia Corral, Minera Industrial y Comercial ubicada en cercanias de la Estacion del Ferrocarril Steffenelli, fue fundada en 1899 siendo la primer empresa dedicada a la explotacion y fabricacion de Argentina.
A partir de 1905 Don Julio Corral se hizo cargo de la planta industrial, introduciendo en varias etapas modificaciones significativas para el desarrollo industrial.
En 1913 se instalan varios kilometros de via "decauville" para el uso de una pequeña locomotora con vagonetas, conocido como el trencito que transportaba la materia prima desde la cantera hasta la planta de elaboracion.






Hijo de un banquero de Hamburgo, llegó a Brasil. 
En 1863, a los 26 años de edad, compró la empresa "Holzweissig & Company", que había sido establecida en Porto Alegre en 1845, cambiando el nombre de la empresa a "Bromberg & Company". 
Esta maquinaria alemana fue enviada a Brasil y a varias partes de Rio Grande do Sul, estimulando el desarrollo de las relaciones entre el sur de Brasil y Alemania. 
Su negocio no implica sólo el comercio, sino también la construcción de ferrocarriles.
Con la entrada de Brasil en la Primera Guerra Mundial , se organizaron marchas con miles de personas. Inicialmente pacífica, las manifestaciones comenzaron a atacar tiendas de propiedades de alemanes o descendientes, una de las víctimas fue la firma Bromberg, que fue invadida, saqueada y quemada. 
Su compañía todavía existe hoy en día bajo el nombre de Bromberg, Staudt y Co. en Alemania, pero no más participación de la familia, y en São Paulo todavía hay una firma Bromberg & Cia. Ltda. perteneciente a sus herederos directos.


Lamentablemente esta placa es ilegible para poder detectar mas datos salvo sus patentes que se pueden leer con facilidad.



En entorno de Steffenelli.


Lo que queda de las palancas de accionamiento a las señales de entrada y salida del predio ferroviario de forma mecanica.



Una de las mas interesantes compañias subsidiarias -  y sin embargo uno de los menos documentados en fuentes Westinhouse - Fue el Ferrocarril Signal Company Ltd., generalmente conocido como RS Co., con sede en Fazakerley en Liberpool.

El RS Co. se convirtio en parte de Westinhouse en 1920, y se mantuvo asi hasta su cierre en 1974. Fundada como Livesey y Edwards, la empresa abrio sus puertas como el Ferrocarril Signal Company en sus instalacionescerca de Liverpool en 1881 - el mismo año en que el Reino Unido Westinhouse Brake inicio su actividad. El memorandum de la asociacion identifica los fundadores como George Edwards y Robert Aurelio Rey de Norwood, Surrey, ocupacion: Gentleman!

La empresa prospero por si gran parte de su existencia, trabajando con Westinhouse en Londres y Chippenham, cuando se considero apropiado, pero en gran medida independiente. La compañia informo de sus cuentas por separado, y conservo un registro de empresa separada.

Fazakerley continuo haciendo señalizacion tradicional de la derecha hasta los años 1950 y 1960 cuando se diversifico en objetos domesticos tales como paneles calefactores radiantes "Raysig" y fogones. Incluso hizo grandes inversiones en nuevos locales de oficinas en 1956, sin embargo en 1974 la empresa se liquido y los intereses de Westinhouse liquidado.


Vacios y con una serenidad absoluta asi se encuentran los andenes de Seffenelli.



Las columnas de la galeria de madera pinotea con simples detalles en sus soportes, diferentes a otras estaciones del F.C.S.


Soporte de farol de las galerias.




Fin del predio ferroviario y vias hacia proxima Estacion, Cervantes.


Ex galpon de cargas del F.C.S. construido en chapa en su totalidad, posee dos andenes para arribo de vagones.
En la actualidad es utilizado por el centro de jubilados "Los Perales".


Vias hacia Fuerte General Roca.


Fachada total de estacion.
De izquierda a derecha: Encomiendas, telegrafo, sala de señoras, sala general, oficina de jefe, casa de jefe de estacion y patio, baños publicos, dependencias de chapa de via y obra, tanque para proveer agua a las locomotoras a vapor.



Sencillo y particular diseño de soporte de galeria.


Se aprecia claramente las diferencias de techos y diseños de columnas de las galerias, seguramente la estacion ha sido extendida en el tiempo y no se ha mantenido el diseño de las mismas.




Jeremías Cowdy nació en St. Helier, Jersey, Islas del Canal, se casó en Inglaterra en 1849 y murió en 1900, era un secretario de tren Depot y Iron Merchant. Fundador de la empresa Jeremiah Cowdy & Co. en Londres.





Linda distancia con Buenos Aires estuvimos....



Zocalos de un sin fin de pasos de los viejos ferroviarios que forjaron el progreso en este pais...



Curioso artefacto que se encontraba en las puntas del predio ferroviario de la estacion que funcionaba como intercambiador de informacion con la locomotora. En su extremo le falta el gancho en el cual la bolsa con la argolla enganchaba en el pasando a baja velocidad la formacion.


Fabricado por la descripta empresa inglesa The London Signal Co. para el F.C.S.



Frente al predio ferroviario se encontraban varias formaciones de carga con contenedores y maquinarias para la descarga de los mismos.



El intercambiador en un extremo del ppredio ferroviario.





Paredes externas de lo que son los baños y al fondo el patio de la casa del jefe de estacion.


Sencilla puerta de ingreo al patio del jefe de estacion.


En muy buenas condiciones se encuentra esta dependencia de chapa de via y obra que actualmente es utilizada por el centro de jubilados "Los Perales".


Detalles de la magnificencia de las constucciones ferroviarias inglesas.



Porta lampara externo de fachada.


En la estacion actualmente funciona la biblioteca popular y la casa de amigos de Steffenelli.


Poste telegrafico de madera.


Frente a la estacion se encuentra este edificio centenario donde funciono un hotel que seguramente hospedaba a los pasajeros del ferrocarril y porque no a los cansados maquinistas hace 100 años.



El entorno de Steffenelli.






Este informe ha costado muchisimo poder ograrlo, llegar y encontrar la estacion y sus datos historicos como asi poder hablar con las personas indicadas. Fue posible gracias a ellos y la pasion que se pone dia a dia en llegar a los informes mas precisos para revivir muy viejas epocas donde todo era diferente...

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